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"Mas que Memoria"
Acto recordatorio a 20 años del golpe militar de 1976

Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo
28 de Marzo de 1996
por Lic. Elina Aguiar


Como psicoanalistas buscamos sentidos. Para los sabios de la Tora, la angustia no reside en que se olviden los hechos de la historia, sino el sentido. Y estamos acá, en estos días donde recordamos los efectos del golpe del ’76, en la vida social, política, económica, cultural. Hacemos memoria. Recordar los horrores del pasado, fijarlos en ese pasado es una manera de no pensar sobre su continuidad en el presente.

En efecto, durante la dictadura se ejerció el Terrorismo de Estado en nombre de la Doctrina de Seguridad Nacional como "justificada guerra sucia", contra todo lo que pudiera oponerse al poder dictatorial. Subrayo que esta represión estuvo destinada a implementar sin resistencias un plan económico orientado a quebrar la economía nacional y a condicionar su futuro con una agobiante deuda externa. Como señalo J. Alemann este domingo (La Nación, 24-03-96), el actual plan económico es un perfeccionamiento de aquél. El de Martinez de Hoz fue interrumpido por la democracia. D. Cavallo puede llevarlo a cabo sin ser interrumpido. Se basa, como en el ’76, en un proyecto de exclusión social y en el monopolio del manejo de la economía.

Este pasado ha sembrado semillas en la vida de nuestra sociedad, porque ni la doctrina que inspiró la dictadura ha muerto, ni sus autores y ejecutores han abandonado sus propósitos, ni han sido despojados de sus recursos, ni han desarmado sus mecanismos de violencia, ni se han deshecho de sus redes y conexiones internas e internacionales.

Por ello necesitamos de la memoria de los sentidos y de lago más que memoria: aprender a no cerrar los ojos ante aquello que sigue vigente de aquel desastre. El desastre hoy es la continuidad del pasado en el presente.

Los invito entonces a recordar el pasado y a reflexionar sobre esta continuidad y a destacar las marcas que nos han quedado en el cuerpo social. ¿Qué marcas ha dejado, qué marcas siguen dejando los ataques, las violencias sociales y su impunidad?.

Freud en 1930 recalcaba que ante hechos traumáticos de origen social los individuos pueden presentar: estupor inicial, paulatino embotamiento, abandono de toda expectativa o formas de narcotización de la sensibilidad frente a estímulos desagradables. "El alejamiento de los demás es el método de protección más inmediato contra el sufrimiento susceptible de originarse en las relaciones humanas".

Ya en 1947 Kardiner al analizar los efectos psicológicos del nazismo, recalcaba "la atonía psicológica y la constricción del funcionamiento como ser social".

La impunidad con la que se sigue aplicando el plan de exclusión social y la impunidad de los crímenes realizados y los que continúan realizándose (gatillo fácil, AMIA, etc.), se suma a los traumas padecidos por la sociedad. Nos encontramos entonces frente a un "traumatismo acumulativo" de origen social que hace que sigamos siendo sacudidos hoy por situaciones traumáticas sin percatarnos, como señala S. Amati (1966). Muchas veces los psicoanalistas por efecto de este traumatismo acumulativo, dejamos de lado lo transubjetivo y nos refugiamos en teorías que excluyen los efectos permanentes y estructurantes en el psiquismo del contexto social.

Dado que la violencia social atenta contra las apoyaturas intersubjetivas, intrapsíquicas y contextuales, los efectos del plan económico y su brazo armado, la represión política, han alcanzado al conjunto social y a sus instituciones, y es difícil suponer que nuestro campo profesional pudiera haber quedado fuera de esta demarcación. Los psicoanalistas también formamos parte de la cultura del miedo tan frecuente en estas latitudes.

Hoy, a 20 años del golpe de estado, intentamos conocer, comprender las causas de ese horror. Deseo de saber que fue justamente coartado en un contexto de violencia de Estado. En aquel contexto, cuanto más negado era el miedo, la realidad del horror, más se dogmatizaba nuestro campo profesional. Es así que a menudo en el campo teórico epistemológico se fue generando la ilusión de la "neutralidad ideológica" de los conceptos.

Y hoy enfrentados con los efectos de la represión política, podemos defensivamente pensar que los afectados son los otros, no nosotros, no nuestro cuerpo teórico. Hoy todavía en cuanto a nuestra formación como psicoanalistas, poco nos enseñan sobre violencia social, sus causas, sus efectos, en estos años signados por el genocidio y su impunidad.

Dice Primo Levi, sobreviviente de Auschwitz:..."Debemos comprender lo sucedido, dónde nace y estar en guardia..."; conocer es necesario. Porque lo sucedido puede volver a suceder. Las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo: "...las nuestras también". Para no obnubilarnos es necesario detectar cómo continúa el sistema de exterminio. Asistimos hoy a una degradación sistemática de la existencia de vastos sectores del cuerpo social ante la impunidad de quienes la producen y ante la indiferencia, ignorancia y resignación con la pesimista ilusión según la cual no habría otra alternativa y son todavía muchas voces las que siguen proclamando que como terapeutas no tenemos ninguna posibilidad de transformación de esta realidad social que vivimos hoy. ¿Hace 20 años no decíamos algo parecido?

Recordamos a los 30.000 desaparecidos sin tumbas que se perpetúan hoy en muchos más "desaparecidos sociales" por las políticas de exclusión y arrasamiento. ¿Cómo nos implica hoy como psicoanalistas de los vínculos, este ataque invisible al cuerpo social? No es suficiente el recordar, denunciar y repudiar el golpe del ’76, no basta. Creo que podemos preguntarnos sobre nuestra responsabilidad sobre el silencio y la impunidad con las que se siguen realizando hoy las formas actuales de marginación homicida. Para que el pasado del horror sea pasado, se requiere pensar hoy sobre la presencia, el presente de este pasado y nuestras respuestas.

El pasado que continúa, el pasado continuo deja marcas en los cuerpos, en las instituciones, en las teorías científicas. Marcas en las denuncias, resistencias y transformaciones que también continúan. Podríamos nosotros tomar iniciativas tendiente a reconstruir la trama de los intercambios sociales silenciados. ¿Cómo replantear los pactos de la convivencia humana? ¿Cómo poner de relieve su quiebre y cómo subrayar también las nuevas redes que se reconstruyen? Porque como hace 20 años no podemos asistir a la entrega de los cuerpos para su maltrato y desaparición: no se puede humanamente convalidar el exterminio visible o invisible de las personas.

Hoy como psicólogos con nuestra práctica y nuestras teorías, podríamos hacer nuestro el nunca más, pero nunca más no te metás ante el exterminio actual. Entonces se hace necesario aceptar e indagar cómo la violencia del afuera repercute dentro de cada uno de nosotros. Esta indagación es una manera de no sucumbir al conformismo inducido por la violencia social.

En este sentido es necesario el máximo de "alarma ética en psicoanálisis" (S. Amati, 1990) para que nuestra tarea analítica no sea iatrogénica.

Por ejemplo en el dispositivo analítico podemos detectar la presencia de la violencia social en:

a) el material de los pacientes por: manifestaciones de descreimiento y desesperanza, resignación ante el contesto vivido como inmodificable (R. Merton, 1949) y la sensación por lo tanto de que no se tiene ninguna instancia de participación, falta de proyectos individuales y sociales. El desplazamiento a otros espacios de la violencia proveniente del contexto, la identificación con el agresor, o el asumir las culpas inducidas desde los estamentos de poder, manifestaciones de angustia flotante y somatizaciones. Según cada singularidad estos pueden ser algunos de los distintos mecanismos defensivos utilizados ante la angustia de no sentirse perteneciente a un espacio dado y ante la pérdida de referentes organizadores en ese espacio (J Puget, Berenstein, 1989).

b) La violencia social puede ser estudiada en tanto situación traumática para el analista en cuyo caso utilizará defensivamente su dispositivo: le servirá para aislarse y restringir su función analítica. En esas situaciones se producen en el analista los efectos del trauma que Freud señaló como

- efectos negativos: restricción en el pensamiento e inhibición en la conducta (S. Freud, 1926, 1937b);

- compulsión a la repetición: reedita el afuera en el dispositivo: silencia, falsea y fuerza significaciones (S. Freud, 1937ª);

- al quedar libres las catexias por efecto de la desligadura el analista puede defensivamente investir alguna teoría psicoanalítica que excluya las implicancias sociales. Esto lo pudimos observar con frecuencia durante la última dictadura militar en Universidades y en instituciones psicoanalíticas.

c) Asimismo analista y paciente pueden sellar acuerdo inconsciente para dejar afuera el espacio social: defensivamente es sentido como ajeno y se produce una disociación entre un espacio y otro. Este silenciar es una nueva violencia simbólica (P. Bourdieu, 1971) por la cual se hacen cómplices los mandatos que le vienen desde los estamentos de poder.

La posibilidad de resolver disociaciones y desmentidas en el espacio transubjetivo evita que se profundicen esos mecanismos y contaminen los otros.

A menudo la prescindencia social, los avatares de los vínculos ene l espacio social son, o bien dejados de lado por el analista o reducidos a extrapolaciones de los otros espacios. Se puede así desmentir la existencia de los niveles inconscientes que también operan en relación al espacio social: ¿Sometimiento? ¿Efectos del traumatismo acumulativo en nuestra práctica? ¿Alienación a los deseos de otro? El proceso analítico sin embargo brinda la posibilidad de resolver disociaciones y desmentidas en los vínculos transubjetivos.

"La exploración modificadora de lo rela, constituye la esencia del proceso psicoanalítico y para que sea verdadera debe incluir todos los niveles de determinación posibles". (S. Dubcovsky, G. Garcia Reinoso y col. 1970).

El dispositivo analítico permite al analista mostrar continuamente la existencia de niveles inconscientes que operan en los tres espacios que se refuerzan y entrecruzan y donde se hace imprescindible detectar la incidencia de la violencia social.

No se trata entonces de denunciar lo que sucedió hace 20 años en la dictadura. Los años de horror. No es suficiente hacer memoria, recordar. Creo que es imprescindible asumir nuestra responsabilidad sobre el silencio y la impunidad con que se gestionan hoy las formas actuales e invisibles de exterminio, la deshumanización de los vínculos y de las personas reducidas a números a eliminar, para que cierren las políticas económicas de ajuste.

Los adolescentes tienen una expresión "ya fue". Podemos decir también la dictadura "ya fue", pero es necesario decodificar "lo que está siendo". El pasado no es pasado, ni ya fue, ni se borra por leyes "de obediencia debida". "punto final", indultos, decretos, complicidades.

El pasado se significa en discursos, rondas, marchas como la del domingo pasado, y con actos como éste donde hacemos lo posible para construir una memoria de significaciones.

Creo que mostrar solamente los horrores de la dictadura, como hicieron muchos medios de comunicación estos días, es una manera de quedar entrampados ante la fascinación del horror y embotar nuestro pensamiento.

En los medios oficiales faltaron reflexiones sobre el proyecto socio-económico del ’76... y del ’96.

Para que el pasado sea pasado tiene que ser construido, construido como pasado (G. García Reinoso, 1996). Para lograrlo, es necesario pensar su presencia cotidiana entre nosotros, y así poder llegar al "Nunca más" que aspiramos.

 

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