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Cuando la emigración irrumpe en los vínculos de familia y pareja

por Lic. Elina Aguiar
Publicado en la Revista Actualidad Psicológica, Julio de 2004, Buenos Aires


En este trabajo voy a reflexionar sobre los avatares en los vínculos de la pareja y la familia cuando éstas atraviesan por situaciones de cambios que tienen que ver con la pertenencia social. Voy a centrarme en cómo repercuten las emigraciones de los hijos en sus familias, basándome en mi experiencia con familias de clase media de Buenos Aires.

Los sujetos se construyen con otros en sus ilusiones y proyectos y una de las dimensiones del vivir es el movimiento permanente de ese juego de ilusiones y proyectos. Ya de por si “la vida es movimiento y nada en el movimiento esta a salvo del movimiento” señalaba G. Bataille. La emigración conmina a todos los implicados a esta reformulación perpetua y los pone ante el desafío de lo que pueden construir a partir de la pérdida de los proyectos y de las ilusiones que ya no son válidas. Aparece un corrimiento entre lo imaginado y lo que irrumpe hoy ante la emigración ¿Cómo procesar lo que no combina? ¿Qué hacer con esa diferencia? Estas zonas de distancia y desconocimiento del otro son vividas como amenazantes para la relación y defensivamente se las puede simplificar, minimizar, o rellenar imaginándoselas en base a representaciones previas. El exceso que produce el vínculo que esta conmovido por la emigración implica una perturbación, un descoloque, a nivel individual, familiar y social. Trataré de reflexionar sobre cuales son los factores de elaboración y transformación de los que disponen los vínculos de familia y pareja ante una emigración y cuáles aquellos que impiden la creación de nuevos eventos entre ellos. Dado que ante la emigración se pone a prueba la capacidad de esas configuraciones vinculares de albergar en ellas lo imprevisto, lo incierto, lo ajeno del otro y la capacidad de transformar las situaciones que producen malestar en vectores de creación.

Cuando los que migran se sienten expulsados por un sistema económico y social que no los valora, su entorno y ellos mismos emiten juicios de valor. Estos juicios valorativos –como señala Alicia Ortiz- son frecuentes, por esa tendencia a simplificar, dicotomizar las situaciones complejas; hay quien se “atreve” o sea “tiene el coraje de irse”, “hay quien no puede” o sea, “es cobarde no puede irse, es potente o es impotente, quién se atreve, quién no; quiere pero no puede, quién es cada uno, ¿el que se anima, el que se queda es más valiente?” Esto se agrega a la idealización o peyorización que hace el entorno del lugar elegido para migrar.

Por otra parte los hijos pueden ser depositarios de expectativas de éxito mesiánicas, que resarzan a sus padres de las propias frustraciones y penurias vividas en su país. “ya, que nosotros somos grandes y no podemos irnos, ni crecer laboralmente, que ellos tengan un futuro mejor, un lugar mejor, que hagan lo que nosotros no pudimos hacer”. Sobreimponen así en los hijos expectativas imposibles de cumplir, situaciones de una forzada especularidad, desconociéndolos en sus propios proyectos; situación potencialmente conflictiva donde el otro queda velado, sobrecargado (debe ser exitoso) y desconocido. Ruth Schawrz, ha estudiado el mandato a las generaciones hacia los que abandonan su tierra de origen. Así mismo los efectos de las migraciones y desarraigos de las generaciones anteriores cuando no han sido elaboradas y transformadas pesan sintomáticamente en las generaciones siguientes (Aguiar 1993)

Crisis Ante las emigraciones se tiene la sensación de tener que empezar desde el comienzo pero no de volver al punto anterior de partida sino, a uno nuevo e incierto lo que genera un estado de incertidumbre y de angustia de –no asignación ¿Quién soy para el otro? ¿Qué lugar ocupo en el otro? ¿Quién soy ahora, y para quién? Preguntas que pueden ser reforzadas por la vivencia de desafiliación, de no reconocimiento en el colectivo social, vivida por los que migran y a veces compartida por sus familiares.

Ante la irrupción de la emigración quizás lo más complejo sea su no representación previa, por eso muchas veces los padres relatan que es más difícil la emigración de los hijos con sus hijos pequeños, que la de los propios hijos a la que estaban preparados. Cómo dice le poema: “los hijos, son hijos de la vida”, por eso en el proyecto vital de la vida estaba incluido el que los hijos se fueran de la casa, pero el que los nietos se fueran y se criaran lejos, no. Decía una abuela “es como si me hubieran sacado una mano, me sacan a mi nieto”, al enterarse de que el hijo se iba con su nieto bebe con el que había comenzado a tener un vínculo muy profundo. En ese sentido los abuelos sienten que la emigración de los hijos trunca su proyecto vital de abuelitud.

La irrupción de lo no representado, puede ser vivida como injusta o como transitoria. Decía una abuela “no hay derecho a que me roben a mi nieto, que se va a vivir a otro lugar”. La ilusión era la de haber hecho un contrato de previsibilidad y estabilidad en el vínculo abuela-nieto; por eso vive esta alteración como una traición.

Estas alteraciones producen momentos de crisis. Poder pensar en el vínculo, entre ellos, estas crisis en sus distintos niveles y momentos es una manera de comenzar a transformarlas. Ellas pueden coincidir con alguna de las crisis evolutivas esperables en el ciclo vital de una familia. Por ejemplo, en la decisión de emigrar de una pareja joven pesa la edad y el estado de salud de los padres.

Ante la emigración se produce un reacomodamiento de los lugares que cada uno ocupa en la familia o en la pareja. A veces el ausente ocupa más lugar en la cabeza de los que quedan, en los padres que alguno de los presentes. Por ejemplo, en una familia cuando emigró el mayor de los hermanos, el menor imaginó que finalmente podía tener a los padres para sí, ilusión que se le desvanece cuando los vé centrados y girando en torno a las noticias que reciben del hermano, a los trámites y recados que hacen para él, a las nuevas redes que arman para tener noticias del hermano “mi hermano ahora está mas presente que nunca, siempre llama la atención y esta vez también se salió con la suya”. A veces también una opción por la emigración puede ser una manera de desmentir una crisis familiar o personal, o producto de ella, Quienes emigran ¿se van, o huyen sin saberlo?

Muchas veces el desamparo vivenciado por la emigración promueve a menudo un apego de cada uno de los cónyuges a su familia de origen, vuelta simbólica a la propia familia como correlato de la pérdida de un lugar social estable y reasegurador. Sobrecargan así los vínculos en su propia familia, o con sus propios hijos, refugiándose en ellos que representan lo seguro, lo permanente, terreno propicio para la generación de nuevos conflictos.

Reproches En el proceso de duelo desencadenado es frecuente observar la aparición de reproches y auto reproches tanto en el que migra buscando un futuro mejor, como en el familiar que queda -¿fui en algo insuficiente, en algo me equivoqué?, ¿hay algo que no hice para poder tener en mi país una mejor ubicación laboral?- se cuestiona por ejemplo el migrante, “¿Qué propicié yo, que hicimos nosotros para que mi hijo (a) se fuera?” ¿Se siente asfixiado, le estuvimos demasiado encima, huye de nosotros a kilómetros de acá para hacer su propio camino? ¿Nosotros le inculcamos idealizando el extranjero, el poner su mira en otros lados? –Se preguntan algunos padres que se lamentan algunos de la ida de sus hijos-

Cuando la pertenencia social se vuelve inestable o está amenazada, esto repercute dentro de la pareja y por ello los cónyuges pretenden que el vínculo supla o pueda resarcirlos de la incertidumbre y el sufrimiento ocasionados por las pérdidas, los duelos y un incierto social. Así en la parejas se puede hacer una regresión al estado de reproche –estado evolutivo en las parejas luego de la idealización del enamoramiento- y reinstalarse así el estado de reproche. Ante la emigración es frecuente observar que las familias se autoreprochan creyéndose omnipotentemente culpables, o reprochan al otro. El otro del vínculo puede hacerse omnipotentemente cargo también de esta depositación y comenzar a tratar de suplirlo en sus falencias o restañarlo de sus heridas.

La incertidumbre generada por la emigración es vivida como desestructurante y los hace buscar la certeza en una causa donde habría un supuesto responsable. Para el familiar esta posibilidad de ser ilusoriamente el causante de tanta conmoción es también un reasegurador para conjurar lo imprevisto por venir. Desde lo vincular una manera de desmentir la impotencia y el desgarro que la emigración les genera a través de la omnipotencia de los autoreproches o reproches donde lo azaroso queda de lado.

Proceso de duelo Dice el refrán “partir, es morir un poco”, dado que el que se va, no vuelve y, si vuelve ya no es el mismo, ni él, ni el lugar donde vuelve. Tampoco, es el mismo en el lugar en donde está, nuevos recursos, nuevos eventos le hicieron desplegar nuevos vínculos y nuevas maneras de relacionarse con los otros, con el otro social y consigo mismo. En ese sentido solamente se va, ya no se vuelve. Cuando se vuelven a encontrar emigrado y familiar, ya ninguno es el mismo y nadie vuelve al mismo lugar de donde se fue, no hay reencuentros, hay nuevos encuentros ¿”que pasó que me cambiaron mi cuadra, el bar donde nos encontrábabamos?” hay un sentimiento de ilusoria posesión de pertenencia sobre aquellos lugares que fueron puntos de referencia social, familiar y sostén en la migración. El añorar y rememorar esos lugares ilusorios dadores de pertenencia y fantasear con su reencuentro está muy bien señalado en la obra de teatro “Gris de Ausencia” de Roberto Cossa, donde los que están por volver del exilio, fantasean con la vuelta e imaginan reencontrar… lo que ya no existe mas.

Irse, es morir… ¿en la mente del otro, en el otro? ¿Se acordarán de mí, me olvidaran? En la película Kaos (Taviani-Pirandello), donde en una escena, cuando el protagonista reflexiona luego de la muerte de su anciana madre “ya no tengo quien me piense”, se expresa esta dramática. ¿Que lugar queda de mi, en el otro? ¿Qué huella le queda de mí? ¿Qué es lo que se borra? Como dice el poeta “cuando un amor se olvida, ¿sabes tu a donde va?”

El temor es que el familiar en contacto con un medio distinto se vaya transformando en un extranjero “mi nieto conservará algo de acá, ya no lo entiendo, habla como un gallego, es español pero es tan distinto” comentaba una abuela “Mi hija se está volviendo una yanki, le lavaron el cerebro, se ha vuelto eficiente, fría y distante, ya no nos llama por teléfono como antes” decía un padre alarmado cuando la hija no cumplía con la rutina familiar de llamarlo por teléfono como habían acordado. Con la distancia, cuando alguno de los integrantes de la familia, alteran las nuevas ritualidades creadas para los intercambios aumenta el malestar y surgen ansiedades depresivas o persecutorias “No me llama, ya no le importamos, no se acuerda de nosotros”. Así, el país a donde la hija había emigrado se transformaba en un enemigo, un tóxico que contaminaba y obstruía el vínculo entre ellos. Para este padre “el cumplir con la llamada telefónica habitual, era tomado como señal de la estabilidad del vínculo de fidelidad a los valores de la familia de origen”.

Cada familia, cada pareja, va tejiendo día a día una peculiar manera de encontrarse y de tejer proyectos. Cada uno va inscribiendo nuevos vínculos y creando peculiares modalidades, por ejemplo una abuela que no había podido conocer a sus nietos chiquitos, nacidos en el extranjero, les enviaba regularmente cassettes con canciones, historias y cuentos, la nuera se los pasaba y, un día el más pequeño cuando se termina el cassette le pide: “mamá me das vuelta a la abuela”; alguna función de la abuelitud, estaba ahí presente.

El recurrir a nuevos grupos y vínculos como lo constituyen los grupos de migrantes a tal país y de padres de emigrados, constituye un modo transicional de sostén provisorio en pos de una elaboración de la migración. Y es entre pares, que tramitan el duelo de la separación y las reformulaciones y exigencias de sus proyectos vitales

La irrupción en la vida cotidiana familiar de una emigración es una imposición que produce modificaciones vinculares y que tiene que ver con los efectos de lo que J. Puget (2003) llamó “efectos de presencia de alteridad del otro” productor de un “descoloque”, y con la dificultad para convivir con el despliegue de la diversidad-complejidad que se desencadena. La noticia de la inminente emigración de alguno de sus miembros genera primero un estado de perplejidad ante la autonomía de esa decisión del familiar que acarrea confusión e impotencia. J. Puget (2002) ha estudiado uno de los efectos ante el sufrimiento social que se puede detectar ante la irrupción de la emigración: La experiencia de vacío, sensación de falta de recursos y representación, donde el hacer con los otros queda dificultado. Es una experiencia de falta de bordes “se me ha caído el castillo que me armaba, no lo puedo imaginar no sé como me acostumbraré a vivir sin ellos” señalaba una mujer al enterarse que su hijo, su nuera y sus nietitos se iban a residir al extranjero.

La emigración produce una desestabilización, se pierden los referentes conocidos y se sienten como arbitrarios los impuestos “es injusto no nos pueden hacer esto a nosotros, ahora que habíamos empezado a disfrutar de nuestros nietos… lo siento como una traición, esto es demasiado para nosotros, no lo puedo abarcar” decían los padres de los migrantes.

El exceso determina la pérdida dolorosa de un estado de equilibrio vincular.

El proceso de elaboración de la migración implica también incorporar en el vínculo la imprevisibilidad como una forma de alteridad, como señala E. Levinas “Lo otro es esencialmente imprevisible…” “ …lo otro se retira en su misterio”

Razones y causalidades, el buscar razones y causalidades para cualquier situación es una tendencia humana. Ante cualquier evento disruptivo se pretende ilusoriamente buscar una causa, un origen, se tiene la esperanza de encontrar límites y explicaciones que se consideraran de ahí en más como fijos, se apela a ellos como reaseguro. Ante la ansiedad surgida por la emergencia de lo azaroso que dá cuenta de la ajenidad del otro, surgen estas explicaciones defensivas para desmentir la –zona de fragilidad vincular- (Puget 2003) El aferrarse a ellas impedirá en las emigraciones el estar receptivos a lo nuevo que surja entre ellos, y se estereotiparan los funcionamientos vinculares. Por ejemplo, últimamente ante los atentados terroristas ocurridos en Europa y los EE UU, una pareja de padres que hacían reproches y autoreproches ante la emigración del hijo emigrado a España, se preguntaban –¿Y ahora por qué no se vuelve si allá esta mas inseguro que acá? Otra pareja de padres ante los mismos atentados terroristas estaban convencidos de la vuelta de su hijo, como reverso de “la explicación” que se daban de la emigración del hijo que “se fue escapando de la inseguridad” luego de ser victima en su negocio de varios asaltos a mano armada. Continuaban así con la pretensión de saber discernir qué efectos tendrían en ellos y en el hijo esas situaciones de violencia social por las que atravesaban.

Presentación Representación el punto de tensión entre la representación y la presentación está aumentado en la emigración por la ausencia de los cuerpos reales por el borramiento del efecto presencia por la no materialidad de los contactos pero, como señala N. Inda (2001) –el vínculo con el otro requiere una presencia no solo como exterioridad sino como alteridad… no abarcable por lo conocido- cada intercambio desestructura y es ocasión de nuevas versiones de sí mismo, del otro y del vínculo ¿que sucede con los vínculos a distancia? ¿Qué queda del efecto presencia? ¿Qué es distancia? Cualquiera sea la vía y a pesar de la distancia de los cuerpos si los intercambios conservan algo de la curiosidad, la sorpresa y de la posibilidad de albergar la otredad del otro, pueden seguir produciendo juntos intercambios enriquecedores como señala E. Levinas. Si cada uno no es reducido a las representaciones previas la distancia física no sería el impedimento para el contacto, puesto que la real distancia con el otro implica el desconocimiento del otro en su diferencia, en su ajenidad. Como señala Levinas, la primera palabra constituyente del otro es “no matarás” entendiendo por matarlo el reducirlo a lo mismo.

La posibilidad de ser con otro, entonces la posibilidad de estar mas allá de las distancias con otro radica en el desconocimiento del que esta ahí, hoy. Es reconocimiento de la otredad. ¿Este proceso de reconocimiento mutuo no se puede continuar acaso a pesar de los kilómetros que los separan? ¿No es este reconocimiento de la ajenidad el que posibilita el construir vínculos con el desgarro de la distancia? Alicia Ortiz (2002) dice con referencia a la emigración “se trata de sobrevivir de limitarse a lo posible y transformarlo en fuente de energía”.

Inclusión-Exclusión. Dentro-Afuera Ante la emigración se replantean ¿quien esta adentro, quien esta afuera?, ¿quién queda excluido quien queda incluido y de que? Se genera entre ellos una escena primaria circulante, a nivel de la pertenencia social y familiar. Con M. Nusimovich, hemos trabajado el concepto de escena primaria circulante en las familias ampliadas (Aguiar-Nusimovich 1997). En la emigración en esta escena primaria existe siempre un integrante que desde afuera observa una escena caracterizada por dos o mas que comparten un vinculo de pertenencia social del que esta excluido. Hay dos o más que miran desde afuera, aquellos que pertenecen al lugar del que ellos están excluidos. El emigrado mira a los pertenecen a su lugar propio, a los que se quedaron y que tienen un lugar social en su propio país y puede se que lamente no estar en esa situación. Los que se quedaron miran quizás con envidia la escena de aquel otro lugar idealizado o no, pero al que ellos no tienen acceso. Cada uno se siente excluido de las nuevas relaciones, pertenencias del otro de las que va quedando afuera. Dentro de la familia se pueden jugar estas escenas de inclusión exclusión que no solamente reactivan viejas situaciones sino que también generan nuevas escenas donde en forma rotativa cada uno juega el lugar de incluido o excluido, cuyo entramado configura organizaciones duales que implican a todos los miembros.

Caso Clínico, el proceso de emigración puede ser analizado teniendo en cuenta cómo cada uno, va alojando al otro de una manera distinta en el alejarse y acercarse. En la medida en que no se puede albergar al otro en su diferencia, la distancia se acrecienta. Voy a ejemplificarlo con un caso clínico de un proceso terapéutico familiar. La familia es enviada por la nutricionista de la menor de los hijos, son tres hermanos. El mayor es músico y reside en España desde hace cuatro años, la hija del medio vive con los padres, es arquitecta, y trabaja en un estudio, la menor cursa el CBC vive con los padres y presenta una anorexia que alarma a la familia. El padre industrial próspero, trabaja con su hermano y con su padre anciano y con su esposa en la empresa. Es la empresa familiar y le estaba destinada al mayor. En el momento de la consulta los padres no pueden aceptar que su hijo músico se haya ido a España “a probar suerte con la música llevando una vida bohemia y sin proyectos serios… cuando acá podía vivir bien” refiriéndose a que el mayor estaba en condiciones de hacerse cargo de la conducción de la empresa familiar “no puedo digerirlo, no me entra que decida quedarse allá, cuando acá tiene todo” se lamenta el padre. La madre oscila entre reprocharse y creerse la causante de la emigración, “le estuvimos mucho encima, se asfixiaba, y se tuvo que ir”. Alternativamente descalifican al hijo, diciendo que “es un inconstante, que no le gusta el esfuerzo y opta por lo más fácil”. La hija arquitecta quiere irse a vivir sola, luego de haber empezado a trabajar en el estudio de arquitectura pero, como los padres piensan que no es el momento porque están muy atareados con la anorexia de la menor, sigue viviendo con ellos. Conforme vamos trabajando cómo los proyectos de cada uno, no son reconocidos si no se ajustan especularmente a los ideales paternos, y nos centramos en las posibilidades de ir reconociéndose cada uno en sus propios deseos y proyectos. Es así que cada uno de la familia empieza a conectarse con el otro reconociéndolo en su alteridad, en aquello incognoscible a descubrir. La menor que presentaba síntomas peligrosos de anorexia empieza a tener un buen desarrollo social, puede hacerse un lugar en sus pequeños incipientes proyectos y estabiliza su peso. La que deseaba mudarse puede hacerlo por ella misma, y la enfermedad de la hermana deja de se un impedimento para su mudanza. La menor a su vez elige ella una terapeuta individual que le recomienda alguien por fuera de la familia e intenta recortar su propio espacio como manera de defenderse de la intrusión de los padres. Luego de un año de tratamiento las hijas dejan de concurrir y los padres asisten solos a las sesiones donde van pudiendo reconocerle a cada hijo su lugar. La modalidad intrusita y de imposición habitual entre ellos con los hijos y conmigo se va modificando. Trabajando las dificultades en aceptar las diferencias mejora la relación con el hijo emigrado. Este comienza a ser valorado por los logros que tiene allá. La modalidad prepotente e intrusita va girando a una modalidad receptiva de curiosidad por el hijo y por los logros que lo tiene allá en España, en los últimos tiempos cuentan con orgullo cada uno de ellos. Relatan con admiración como esta puesta su casa con un estilo “minimalista” muy de él donde ya ha podido hacerle lugar al estudio y a la vivienda, esta misma casa era antes mencionada como desarreglada y desastrosa.

Las distancias se acortan porque se abren la posibilidad de un intercambio con el otro, donde las relaciones no se basan en lo forzado de los ideales impuestos sobre los hijos, en “lo dicho” si no “en el decir”, donde están abiertos al presente a de-venir.

Reflexiones finales, emigrar en ultima instancia implica para los que emigran y para los que quedan un proceso de apropiación de lo desconocido y de transformación en algo propio, reconocido como subjetivante para cada uno.

Los procesos de emigración me hacen pensar que lo vincular social, lo histórico es condición de existencia de lo subjetivo. La subjetividad ocurre en un devenir temporal, impredecible. Cuando lo imprevisto no es destituyente de subjetividad, (catástrofe social) abre posibilidades de crecimiento vincular y aquel evento disruptivo de la migración es ocasión de nuevas subjetivaciones.




Bibliografía

- Aguiar E. “Condenados a transmitir” Gaceta Psicológica N.95 agosto- septiembre 1993, buenos aires

- Aguiar E. - Nusimovich M. “Diccionario de Psicoanálisis de las configuraciones vinculares” Ed. Del Candil 1998

- Dujovne Ortiz A.: “Al que se va” Ed. Del zorzal. Buenos Aires 2002

- Garcia Reinoso G. “La subjetividad amenazada, conferencia M.A.R. 2003 Buenos Aires

- Inda N. “Los vínculos en internet” Seducciones en –Red-a-das Tomo XV, N°1, 2001, Ps y Psicoterapia de Grupo. Buenos Aires

- Levinas E. “Ética e infinito” 1991 Ed. Visor. Madrid

- Puget J. “Qué difícil es pensar” “incertidumbre y perplejidad” Revista de A.P. de B.A., Dolor Social, mayo 2002

- Schwarz Ruth “Migración y Desarraigo” Revista de Psicología y Psicoterapia de Grupo. Tomo X. N° 2,3, Buenos Aires 1987.



Nota

La Lic. Elina Aguiar es Psicóloga Clínica. Miembro Titular de la AAPPG (Asociación Argentina de psicología y psicoterapia de grupo) y de la APBA (Asociación de psicólogos de Bs. As.)
Supervisora clínica de Parejas del Centro Asistencial de la AAPPG y de pasantías del Instituto de la AAPPG.
Coordinadora de Salud Mental de la APDH (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos – Bs. As.-Argentina.
Miembro Mesa Directiva de la APDH
 

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