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¿Soy algo para vos si no tengo trabajo?
Entrevista con Elina Aguiar

por Vanina Klinkovich, 21/12/2003


La desocupación es un fenómeno social, vivido de forma individual y con culpa, sostiene la especialista. ¿Cómo superar el trauma? ¿Qué se puede hacer frente a esta adversidad? Reflexiones sobre una realidad hostil.

Los números de la desocupación del INDEC arañan el 15%. Pero las sensaciones dolorosas que surgen con el telegrama de despido –en los “mejores” casos- hacen caso omiso de este malestar a nivel social. ¿Cómo decirle al hijo que siga estudiando, que se deslome, que mire hacia adelante con ganas, cuando se topa con la cara estrujada de su padre? ¿Y a la pareja? ¿Y a nosotros mismos?

La licenciada en psicología Elina Aguiar, coordina el equipo de Salud de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, grupo abocado a trabajar sobre la desocupación. Desde el ´96 brindan talleres de forma gratuita y en esta nota, nos cuenta el enfoque particular que le dan a esta problemática.

- ¿Cómo define la desocupación?
- Es un fenómeno social que es vivido de forma individual, como culpa (como si uno mismo la hubiese provocado). Cada vez que ocurre, decimos “perdí el trabajo”, pero yo puedo perder una agenda, es decir, algo de lo que soy responsable. Si me la sacan, en realidad, me despojan de ella. Y esto es lo que pasa con el empleo. En el lenguaje se expresa la manera de experimentar esta situación y ahí vamos mal, porque yo no soy responsable de la desocupación que en Argentina es estructural.

- ¿A quien afecta?
- A todos, tanto a los que trabajan como a los que no. Porque con tal de que no nos echen, los que tenemos empleo nos sometemos a condiciones cada vez peores, pensando que así, nos vamos a salvar. A esto, lo llamamos banalización de la injusticia social.

- ¿A qué se refiere?
- A que nos acostumbramos al maltrato, justificamos el empeoramiento. Buscar una salida en forma individual quizás no sea la mejor solución. La desocupación es un fenómeno estructural, social. Desde nuestra perspectiva, se trata de un trauma, una violencia exterior a uno, un quiebre que marca un antes y afecta al desempleado y a todo su entorno. Es un método de control social, que causa terror. Como dice Pavlosky en una de sus obras “por cada uno que tocamos, mil paralizados de miedo... Nosotros actuamos por irradiación”.

- ¿Por qué es vivido de forma individual?
- Se culpabiliza a la víctima (el caso típico: “si a una mujer la violan es porque usaba la pollera corta”). La desocupación se vive desde la culpa propia: “no era mi vocación”, “no estudié tanto como era necesario” o “no hice tal o cual cosa”. Pero no es una cuestión de capacitación, de hecho, en el país cuanto mayor capacitación, menor es la probabilidad de conseguir trabajo. El desocupado, criado en estudiar, esforzarse para progresar, es reprochado y se autorreprocha. Y esto tiene serias repercusiones en la vida familiar y de pareja.

- ¿Cómo repercute?
- Toda pareja, en términos generales, pasa de la etapa del príncipe enamorado al reproche de ‘no sos como te soñé’. Después llega la etapa madura del amor que es cuando se acepta al otro como es. Ahora, cuando la pareja hace una regresión a la etapa de reproche, puede provenir de la interacción de la pareja misma o del medio ambiente. Es muy común que la violencia que se recibe de forma exterior (el no reconocimiento, el desprecio) se vuelque en la pareja. Cuando aparece la denigración mutua, la desconsideración, la distancia amorosa, el motivo posiblemente sea que una de las partes esté amenazada de perder su empleo o lo haya perdido.

- ¿Es frecuente escuchar “si me echan es porque no sirvo”?
- Sí, ocurre cuando mi valor personal es depositado en el área laboral (esfera tan importante, como la social, la familiar, etc). Los padres de familia si no traen plata, se sienten una basura y padece malestares de todo tipo. El problema surge cuando no me reconocen a nivel social y pido ese reconocimiento a mi pareja, mi familia. Preguntar: “¿Soy algo para vos si no tengo trabajo?”, o demandar “Mostrame que valgo” es complicado. Porque esta necesidad es imposible de satisfacer; nadie puede suplir el reconocimiento social que el trabajo da, resarcir al otro de la herida a su amor propio.

- ¿Qué se puede hacer, entonces?
- No embarcarse en demostrarle que sí vale ni volverse híper activo para conseguirle trabajo, esto puede empeorar la sensación de impotencia y generar un juego de polaridades (potencia e impotencia) peligroso. No es posible hacer lo que el Estado o la sociedad no hace. Es mejor no invadir su tiempo y respetar su proceso de elaboración del “duelo”. Aunque nosotros, no hablamos de la muerte de nadie, si no de la víctima de un proceso social.

- ¿Por qué?
Un psicoanalista alemán que estudió el Holocausto sugiere tomar esa vivencia no como un duelo, sino como un trauma, un ataque exterior. La llamada crisis argentina no nació de un repollo: hay actores, víctimas y victimarios, o sea, quienes sacan jugo de esto y quienes no. Entender que no se trata de una crisis individual ni social, si no de una situación de despojo, me ubica en otro lugar: me corro del lugar de receptor pasivo -de un golpe- y paso a ser un actor de transformación.

- Pero este cambio es a nivel grupal, no?
- Claro, reconocer con otro que esto es un golpe que uno ha recibido, de dónde viene y qué se puede hacer entre todos es fundamental (ya sea participando de un club de trueque, redes solidarias, cooperativas). Individualmente no se sale, es preciso armar una estructura de apuntalamiento social.

- ¿Cómo trabajan en la Asamblea?
- Por un lado, enseñamos a buscar trabajo, armar un CV, buscar en Internet. Por el otro, trabajamos en grupos de varias formas: con desempleados buscándose avisos entre ellos, con cruce de familiares y desempleados (porque entre ellos, muchas veces no se escuchan y cuando un familiar habla con otro desempleado, es diferente), etc. Lo importante es que tomen conciencia de lo que pasa -cosa que no sucede en una terapia individual- y se desculpabilizan.

- ¿Lleva mucho tiempo cambiar de actitud?
- No, me acuerdo que una señora de 50 años había quedado sin trabajo tras la quiebra de la Pyme en la que estaba y decía “es culpa mía: no profundicé mi inglés, ni computación. Si yo hubiese...”. Al lado suyo, un señor cuenta que era analista de sistemas y estuvo viviendo en California y tampoco tenía empleo. Estaba tan sentadito en la silla como ella. Entonces la mitología de que es culpa mía, cuando se socializa, desaparece de forma.

 

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